Magíster Víctor García Casas
Tres personas empiezan el mismo programa el mismo lunes. Mismo volumen, misma frecuencia, misma progresión, misma supervisión. Doce semanas después una ganó tres kilos de masa magra, otra ganó uno, y la tercera está exactamente donde empezó.
A la tercera, en el noventa por ciento de los gimnasios del mundo, le van a decir que es no respondedora. Y esa etiqueta, dicha con cara de diagnóstico, es una de las cosas más perezosas que puede hacer un entrenador.
La variabilidad es real, la categoría no tanto
Empecemos por lo que sí está bien establecido: la respuesta al entrenamiento de fuerza varía muchísimo entre personas. No es un detalle menor ni un artefacto estadístico. En cualquier estudio de intervención con una muestra suficiente, la distribución de resultados individuales es amplia, con sujetos muy por encima y muy por debajo del promedio.
Haun y colaboradores, en 2019, describieron esa heterogeneidad con detalle, y trabajos como el de Lixandrão y colaboradores en 2024 siguieron caracterizando qué explica esas diferencias. La variabilidad interindividual existe y no es discutible.
Lo discutible es el salto siguiente: de «hay gente que responde menos» a «hay una categoría de personas que no responden». Ese salto convierte una observación estadística en una etiqueta clínica, y ahí se rompe todo.
El problema técnico es que llamar a alguien no respondedor exige demostrar que su cambio fue cero. Y cero, en medición, no es lo que marca el aparato. Es lo que queda después de descontar el error del método.
El ruido antes que el diagnóstico
Toda medición tiene un margen de error propio. La diferencia mínima detectable, el MDC, es el umbral a partir del cual un cambio observado puede atribuirse a un cambio real y no a la imprecisión del instrumento y del operador.
Cuando ese umbral no se aplica, pasa algo previsible: buena parte de los sujetos clasificados como no respondedores en realidad cambiaron dentro del margen de ruido. Puede que hayan crecido menos que el promedio, o puede que no hayan crecido nada, pero el método usado no permite distinguir entre las dos cosas. Sin declarar el MDC, la categoría de no respondedor no describe al sujeto: describe la resolución del instrumento.
Esto no es una objeción teórica. Es la primera pregunta que hay que hacerse frente a un caso en la sala, y en la práctica se resuelve en dos minutos: ¿con qué se midió, con qué precisión, y el cambio observado supera esa precisión? Si la respuesta es que se midió con una cinta métrica y buena voluntad, no hay caso que analizar.
Las cuatro cosas que hay que descartar antes
Suponiendo que la medición sea confiable, todavía quedan explicaciones más probables que la biología del sujeto.
La primera es el volumen real, que casi nunca coincide con el volumen planificado. Una auditoría honesta de series efectivas semanales suele revelar que el programa que decía veinte series por grupo muscular se está ejecutando en trece, entre sesiones salteadas, series recortadas y ejercicios que se abandonan a mitad de sesión.
La segunda es la proximidad al fallo. Un programa entero puede fallar por esto sin que nadie lo note, porque el registro anota repeticiones y no anota esfuerzo. Alguien que hace todas sus series con cinco repeticiones en reserva está haciendo un programa de calentamiento con nombre de programa de hipertrofia.
La tercera es el tiempo de exposición. Doce semanas es una intervención corta para juzgar la capacidad de adaptación de una persona. Los respondedores lentos existen, y lo único que los distingue de los no respondedores es que a alguien se le ocurrió seguir midiendo.
La cuarta es la adherencia, que es la más obvia y la menos revisada. Sesiones completadas sobre sesiones planificadas. El número suele ser incómodo.
A esas cuatro conviene sumarles una quinta que no es de entrenamiento: el contexto. Un déficit calórico sostenido, un período de sueño malo o una etapa de estrés alto reducen la capacidad de adaptación de cualquiera. La persona que no progresa mientras duerme cinco horas y come mal no tiene un problema genético: tiene un problema que ningún programa de entrenamiento va a resolver por sí solo.
La secuencia práctica es siempre la misma, y va de lo más barato a lo más caro: primero verificás el instrumento, después el volumen ejecutado, después el esfuerzo, después el tiempo transcurrido, después la adherencia, y recién al final mirás el contexto de vida. Recién cuando esa lista está limpia empieza la conversación interesante.
Qué hacer cuando todo lo anterior está descartado
Queda un grupo, mucho más chico de lo que la etiqueta sugiere, en el que la medición es confiable, el volumen es real, el esfuerzo es adecuado, el tiempo fue suficiente y la adherencia es alta. Y aun así el cambio es marginal.
Acá aparece un dato concreto y poco conocido, que viene del trabajo de Scarpelli y colaboradores en 2020. En ese estudio, el grupo de volumen individualizado no entrenó con un número fijo sacado de una tabla: entrenó con un volumen calculado como 1,2 veces el volumen semanal que cada sujeto ya venía registrando en su propio historial. Ese grupo superó al que trabajó con volumen fijo.
El hallazgo sugiere una estrategia, y el verbo importa: sugiere, no demuestra. Es un estudio, no un cuerpo consolidado de evidencia. Pero la lógica es sólida y accionable: en lugar de aplicar un número universal, tomás el volumen real de esa persona y lo llevás un veinte por ciento por encima de lo que su cuerpo ya está acostumbrado a tolerar.
La diferencia con la práctica habitual es importante. Lo que se hace normalmente frente a un estancamiento es subir el volumen a lo que dice el manual, que puede ser el doble o la mitad de lo que esa persona venía haciendo. Lo que propone este enfoque es anclar el incremento en el historial individual, que es la única referencia que corresponde a ese sujeto.
La condición previa es la que casi nunca se cumple: para multiplicar el volumen histórico por 1,2 hay que conocer el volumen histórico. No el planificado, el ejecutado. Sin ese número, el factor no se puede aplicar y volvemos al punto de partida, que es el entrenador estimando a ojo cuánto venía haciendo su cliente.
Por qué la etiqueta hace daño
Vale detenerse en el costo de decirle a alguien que no responde.
Es una explicación que cierra la puerta. No sugiere qué revisar ni qué probar: le informa a la persona que su biología la excluye del beneficio, y la conclusión razonable frente a eso es dejar de entrenar. Para el entrenador, además, es una salida cómoda: transfiere la responsabilidad del programa a la genética del cliente y clausura la discusión.
Y casi siempre es incorrecta. En la enorme mayoría de los casos que se etiquetan así, hay una de las cinco explicaciones anteriores esperando a que alguien la mire.
Lo que te llevás
La variabilidad en la respuesta al entrenamiento es real y grande. La categoría de no respondedor, en cambio, es casi siempre un diagnóstico prematuro sobre un problema de medición, de volumen real, de esfuerzo, de tiempo o de adherencia.
Antes de aceptarla hay una lista de cinco cosas para revisar, y ninguna requiere equipamiento especial. Cuando todas están descartadas, la vía más prometedora que ofrece hoy la literatura no es un programa nuevo sino un ajuste anclado en el propio historial del sujeto, con el factor 1,2 como punto de partida.
Nadie es no respondedor hasta que se haya descartado todo lo demás. Y descartar todo lo demás es trabajo del entrenador, no de la genética del cliente.
Referencias
Haun, C. T., Vann, C. G., Roberts, B. M., Vigotsky, A. D., Schoenfeld, B. J., y Roberts, M. D. (2019). A critical evaluation of the biological construct skeletal muscle hypertrophy: size matters but so does the measurement. Frontiers in Physiology.
Scarpelli, M. C., Nóbrega, S. R., Santanielo, N., Alvarez, I. F., Otoboni, G. B., Ugrinowitsch, C., y Libardi, C. A. (2020). Muscle hypertrophy response is affected by previous resistance training volume in trained individuals. Journal of Strength and Conditioning Research.
Lixandrão, M. E., y colaboradores (2024). Trabajo sobre variabilidad individual en la respuesta hipertrófica al entrenamiento de fuerza.
Este artículo desarrolla una de las decisiones que se trabajan en la Diplomatura en Hipertrofia Basada en Evidencia: 36 clases donde cada recomendación viene con su fuente, su tamaño de efecto y su límite declarado.